¿Estas dispuesto a leer esta historia de terror que entra en nuestras "Creepypastas"?, sumergete en un mundo donde solo tú puedes abrir las puertas que necesites, te invitamos a checar la nota para que sepas de uqe hablamos.
11 de Diciembre 2019 • 14:13 hs

Me adoptaron. Jamás conocà a mi verdadera madre; o mejor dicho, una vez la conocÃ, pero nos separamos cuando era demasiado pequeña como para recordarla ahora. aun asà yo amaba a mi familia adoptiva. Fueron muy buenos conmigo. ComÃa bien, habitaba en una casa cómoda y caliente, y podÃa dormir hasta muy tarde.
Te contaré acerca de mi familia rápidamente: primero está mi madre. Nunca le dije mamá ni nada por el estilo, simplemente la llamaba por su nombre: Janice. No obstante a ella no le importaba. La llamé asà por largo tiempo, creo que ella nunca se percató. De todas maneras, ella era una mujer muy gentil. Creo que fue ella quien insistió en adoptarme en primer lugar. En ocasiones, recargaba mi cabeza en su hombro cuando mirábamos televisión y ella me hacÃa cosquillas en la espalda con las uñas. Era igual a esas madres de Hollywood.
En segundo lugar, está papá. Su nombre real era Richard, pero no me gustaba mucho, de modo que comencé a llamarlo papá en un intento desesperado de ganarme su cariño. No dio resultado. Supongo que no importa cómo le llame, nunca me va a querer tanto como lo hace con su hija biológica. Lo comprendo, por eso no forcé más el asunto. La caracterÃstica más destacada de papá era su disciplina extrema. Él no temÃa hacer llorar a sus hijas cuando hacÃan algo malo. Lo descubrà antes de aprender a usar el baño correctamente. No le tembló la mano al azotarme. Pero bueno, estoy educado y es gracias a sus métodos.
Por último está mi hermana. Emily era muy pequeña cuando me adoptaron, asà que tenÃamos casi la misma edad, solo que ella era un poco mayor. No obstante, me gustaba pensar en ella como mi hermanita. Nos llevamos mucho mejor de lo que otros hermanos lo hacÃan. SolÃamos quedarnos despiertos hasta tarde y lo único que hacÃamos era hablar. Bueno, era ella la que más hablaba. La mayorÃa del tiempo solo la escuchaba porque la amaba. ¡Qué gran amistad tenÃamos! TenÃamos pocas habitaciones, asà que, ya que no querÃa dormir sola en la sala de estar cuando era más pequeña, habÃa preparado un sitio especial para mà al lado de su cama, sobre el suelo. Ahà es donde he dormido desde entonces. Pero era genial conmigo porque amaba estar a su lado y siempre habÃa sido bastante protector con mi hermanita.
Todo cambió esa horrible noche de miércoles. Me encontraba en casa durmiendo cuando la pequeña Emily entró por la puerta principal. El sonido de la la puerta abriéndose me despertó y avancé desde el dormitorio por el corredor hasta la sala de estar. Fue en ese momento cuando recordé que era miércoles. Nunca se me dio bien saber qué dÃa era. En realidad voy a ser honesta y admitirlo: ¡Mi sentido del tiempo era terrible! Sin embargo, sabÃa que era miércoles porque Emily acababa de volver de la reunión con el grupo juvenil de su Iglesia. Entró y me abrazó, seguida por papá y Janice.
—¿Dormiste una buena siesta? —bromeó Janice el tiempo que me revolvÃa el pelo. Yo agité la cabeza y resoplé, dándole a entender que también estaba bromeando con ella.

—¡No le bufes asà a tu madre! —dijo mi padre con severidad. Cerró la puerta tras él y luego colgó su abrigo.

Seguro que no me escuchó porque no lo sentà abofetearme. Emily fue hasta nuestra habitación y la seguÃ. Me contó sobre su dÃa. Ya sabes… lo tÃpico de adolescentes. Pero la escuché para hacerla sentir mejor. Después de su plática ella sugirió que fuéramos a ver televisión. Brinqué al sofá en tanto Emily buscaba el control remoto. La vi poner los ojos en blanco ante mi actitud inmadura de hermanito, me levantó y se sentó. Nos quedamos viendo la tele juntos hasta que se puso el sol. Emily era ese tipo de chica que, en vez de mirar series animadas y telenovelas, sintonizaba ver Discovery, Animal Planet y Natural Geographic. También me gustan, asà que no habÃa problema. De hecho, esos eran los únicos canales que me llamaban la atención.
Se hizo tarde y Janice apareció tras el sofá.
—Emily, ya ha pasado tu hora de dormir. Apaga el televisor y ve a la cama. Tú también —añadió, señalándome.
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